Cultura

Regresemos al teatro

El barullo antes del primer silencio

Paola Núñez Linares

13 de septiembre 2021

¡Tercera llamada! Se abre el telón y se crea un silencio abrumador. Todas las personas platiconas se callan, los teléfonos se apagan y los ojos voltean hacia un escenario vacío. En unos cuantos segundos… Empieza la función. ¡Bailaban hermoso! ¡Me ha hecho llorar! ¡Fantástico! Menos de dos horas, menos de dos horas para hacerte sentir parte de la obra, en menos de dos horas has decidido que quieres ser bailarín, en menos de dos horas se ven reflejados años de práctica y meses de ensayos. Pero para hablar de esto necesitaría una novela. En cambio solo me han dado cuatrocientas palabras, entonces hablemos de lo último.

Las cinco horas antes de la función. Cinco horas de locura, últimos preparativos y nervios desgastantes. Exacto, los bailarines han llegado cinco horas antes que tú. Dos horas de repaso; cada bailarín en las posiciones de su futura danza. Medir el espacio, confirmar que el piso sea perfecto, que la música se escuche y que la orquesta tenga el tiempo. Dos horas, un completo desperdicio; ya que todos saben que a la mera hora sus zapatillas encontrarán el piso distinto, que la orquesta se adelantará y correrán para alcanzar su nuevo tiempo; que en esta carrera el espacio será aún más limitado. Que el latir de su corazón sonará tan fuerte en sus oídos que la música se volverá un susurro. Como les decía, un completo desperdicio.

Esas horas solo se usan verdaderamente para comer, para alimentar los cuerpos que pronto alimentarán almas. Un buen almuerzo se recomienda, una comida difícil de planear: llenadera pero no pesada, energizante pero que no engorde, con hidratantes pero que no te hinchen y capaz de darle al cuerpo todo lo necesario para sobrevivir. Al final, posiblemente, unas horas no tan inútiles.

Quedan tres horas para la función. Hora de empezar y terminar el maquillaje, el peinado, los tocados. Una hora de ver cepillos, peines, gel, enchinadores, delineadores, pestañas postizas, sombras y labiales, volar por los camerinos, cambiando de dueño cada tres segundos. Dos horas… La tensión se empieza a ver en la cara de los bailarines, mientras se escucha la voz del coreógrafo obligándolos a presentarse en el escenario para calentar todos juntos. Una hora y media de una danza perfectamente sincronizada, en la que los cuerpos empiezan a funcionar. Queda media hora; los vestuarios empiezan a tomar a sus bailarines y las puntas encuentran a sus pies previamente designados. Saltos por doquier (bailarines quitándose los nervios), repasos de última hora en los diminutos camerinos. No falta el bailarín que se asoma por la cortina para ver a los mortales.

¡Primera llamada! Todos toman sus posiciones a los lados del escenario; tras bambalinas se vuelve un lugar desértico, nadie habla y todos tienen los ojos cerrados repasando los movimientos que el cerebro y el cuerpo ya tienen grabados desde meses atrás. ¡Segunda llamada! Los ojos se abren y se empiezan a repartir miradas de felicidad; los bailarines están listos para hacer lo que aman. ¡Tercera llamada! Se escucha cómo los bailarines susurran al unísono… MUCHA M*3RDA.