Cultura

Relatos de un adicto

Bajo el fuego

Carlos Zebadua

04 de octubre 2021

Durante los últimos años, la realidad y la ficción se han desbordado de atracos, homicidios y desapariciones. Notas de carreteras sin jurisdicción, novelas escenificadas por el narcotráfico y películas que retratan vidas de pesadilla forjan cadenas de pensamiento que carecen de esperanza.

En la autopista de Monterrey a Nuevo Laredo, a principios del 2021, se reportaron más de 100 personas desaparecidas y se abrieron cerca de 70 carpetas de investigación. Es usual que en ese trayecto los camiones que se dirigen a la frontera con Estados Unidos sean interceptados por camionetas del crimen organizado. Todo eso fue noticia en medios internacionales y nacionales; la imagen de México se resumía en una carretera donde la vida se esfumaba sin dejar rastros.

También se ha escrito y se ha filmado la brutalidad mexicana. En páginas y montajes visuales se ha narrado al país como sede de un presente incongruente, un ambiente de violencia. En 2020, el premio Alfaguara fue otorgado a la novela Salvar el Fuego del guionista y escritor mexicano Guillermo Arriaga. En ella, dos personas de mundos opuestos se enamoran bajo el fuego del crimen organizado. Aunque el romance es protagonista de la historia, el contexto de violencia provocado por los cárteles de droga es inescindible del relato. La corrupción en las cárceles y la colusión entre el narco y la policía dibujan la puesta en escena de esta historia.

En el caso de la gran pantalla, Sin Señas Particulares de la directora mexicana Fernanda Valadez y Noche de Fuego de la cineasta salvadoreña-mexicana Tatiana Huezo relatan pesadillas pseudo-ficticias. La primera cinta cuenta el viaje de una madre que quiere descubrir qué ha pasado con su hijo, quien partió a Estados Unidos para encontrar trabajo. La segunda historia narra la vida de tres niñas en un pueblo recóndito, donde gobierna el narco y el cultivo de amapolas.

Ambas películas iluminan a las víctimas del México contemporáneo: las madres que pierden a sus hijos, los niños que son reclutados por la delincuencia con rifles en mano y niñas que deben pretender ser varones para salvarse del rapto o la trata de mujeres.

Aunque sólo Sin Señas Particulares cuenta con una investigación documental, los 3 relatos están influenciados por la crepitante realidad del país. Es verdad que el cultivo de amapola que se retrata en Noche de Fuego le sirve a los grupos del crimen organizado para extorsionar a las comunidades alejadas del desarrollo económico.

También es cierto que los centros penitenciarios que aparecen en la novela de Arriaga carecen del control policial. Sólo hay que recordar el escape del Chapo Guzmán a través de un túnel imposible de ignorar dentro de su celda. Su fuga dio pie al escepticismo de la nación entera hacia el sistema carcelario. Hoy en día, las rejas sólo son un montaje, una puesta en escena

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que todos saben que es una farsa y que con facilidad puede caerse como una obra de teatro escolar.

La misma realidad se derrumba y la ficción lo interpreta. Ese es el caso de la carretera de Monterrey a Nuevo Laredo. Sin señas particulares encuentra las migajas desperdigadas de las víctimas en el asfalto del norte y las reinventa a través de una ventana. Porque a veces la realidad se desvanece en los ojos indiferentes y resulta desconocida para las miradas perdidas.

Tal vez quisiéramos que sólo la ficción viviera arrinconada, pero la realidad se ve reflejada a diario en su espejo, el relato. Hay veces que debemos festejar los galardones otorgados a las películas y novelas mexicanas, pero en el México del presente debemos leer el humo de estas historias como un grito de auxilio. Las llamas fueron arché; son fuentes de vida. Pero entre rifles de reclutamiento, el cultivo de la represión y las historias de víctimas desaparecidas todos nosotros vivimos bajo el fuego.