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Economía y salud, una relación dañada por un tercero

Carlo Alvarado

21 de Agosto del 2021

Si alguna vez has escuchado a alguien gritar en una fiesta “¿qué necesita el seguro social? ¡SALUD!” mientras toma de su bebida, déjame decirte, lector, que te han invitado a buenas reuniones. Al final, las instituciones de salud no son las únicas que se deben preocupar por la salud de la población. El que una economía tenga a la mayor parte de su población enferma representa un problema que, si no se ataja rápidamente, resultará perjudicial, inclusive en lo económico. Idealmente, esto debería motivar a los gobiernos a invertir en bienes públicos para la salud. Sin embargo, la relación entre salud y economía no había sido tan evidente como ahora.

Es de conocimiento general que para que una empresa crezca y se desempeñe óptimamente necesitará de mano de obra. No obstante, ¿qué sucede si muchos empleados comienzan a enfermarse o deben resguardarse en sus casas por un periodo de tiempo considerable? La productividad de la empresa tenderá a caer y, por consecuencia, la producción. Una menor producción, de primera mano, representará menores ventas; si las ventas disminuyen, el margen de costos aumenta, lo que fuerza a los directivos a reducir personal no esencial para poder cubrir los costos. Al final, el desempleo va a la alza.

En paralelo, debido al desempleo provocado por la enfermedad o el confinamiento, el ingreso familiar disminuirá y ahorrarán un poco más. Un mayor ahorro se traduce en un menor consumo de bienes y servicios. Si las familias no consumen, las empresas no perciben ingresos por ventas. Si a esa pérdida le agregamos la baja producción, muchas empresas se las verán de color de hormiga y, en el peor de los escenarios, a su cierre definitivo.

Por otro lado, ¿a dónde llevan a los enfermos? Lo más lógico es ir al centro de salud más cercano para que los traten con los insumos, medicamentos y equipos necesarios, pero, ¿y si son muchos los que van al mismo tiempo? Lo más seguro es que exista un exceso de demanda en los fármacos y en la disponibilidad de camas de los hospitales. Cabe mencionar que la situación con los medicamentos será más grave, ya que la población que los requiere es mayor que la de camas hospitalarias. Finalmente, se llegará a un punto no sostenible e inevitablemente el sistema de salud colapsará.

Si el gobierno en gestión es inteligente, hará uso de múltiples herramientas que ayuden a los sectores afectados, esperando a que en el corto/mediano plazo la situación mejore. Un ejemplo puede ser el proveer estímulos bajo múltiples instituciones que permitan a las familias y empresas solventar gastos/costos no previstos, condonar/aplazar el pago de impuestos o intereses del periodo, etcétera. Otro elemento útil puede ser el uso correcto de los recursos públicos y destinarlo a la adquisición de los medicamentos faltantes o bien en proveer al sector salud de equipo necesario que les permita operar eficientemente.

Sin embargo, muchas veces esto no sucede, ya que tristemente a los representantes les interesa más su estancia en el poder que sus empleados. Con esto, sólo será cuestión de tiempo para que la actividad económica caiga, las variables económicas relevantes se contraigan, los sistemas de salud colapsen, y, una vez llegado este punto, la esperanza de la población se vea perdida. No todo es gris; no hay mal que dure cien años. Tiempo después llegará la recuperación y poco a poco sanarán las heridas, pero la marca se quedará, mostrando una estrecha relación rota por un tercero.